domingo, 9 de noviembre de 2008

Mi afición, mi pasión

Es poner un pié a bordo de un barco, de cualuier barco, y ya me siento diferente, más libre, más tranquilo, más a gusto conmigo mismo. ¿Qué tiene la mar que me engancha de esa manera?

En primer lugar es esa sensación de libertad tan bien relatada por tantos grandes escritores y que es tan difícil de transmitir con palabras. El efecto en la navegación a vela es impresionante: izas las velas, apagas el motor y solo se oye el sonido del viento y el de las olas que chocan contra el casco. No por muchas veces descrita esta sensación es menos real.

También la conciencia de la propia limitación. Al salir por la bocana del puerto y alejarte unas millas tienes una perspectiva completamente diferente de lo que te rodea. Ves la costa con nitidez, parece que está al alcance de la mano y sin embargo no podrías llegar hasta ella por tus propios medios. Eres consciente de que tienes apenas 30 ó 40 metros cuadrados de superficie en los que te puedes mover con seguridad.

Además, si navegas lo suficiente (y no hace falta mucho) más tarde o más temprano vas a encontrar mal tiempo –no hace falta que sea un temporal duro, basta con algo de mar gruesa- y verás que esa superficie amable en la que te das un baño cuando fondeas en una cala es capaz de elevarse por encima de tu cabeza, de tu barco, y golpearlo con una fuerza que lo hace vibrar y estremecerse. Y eso puede ocurrir en cuestión de segundos, literalmente.

¿Y los días de buen tiempo en os que llegas a una cala, fondeas y tienes tu playa privada sin la incomodidad de la arena o te quedas a pasar la noche? ¿O las ocasiones en que durante una travesía se acercan los delfines y se ponen a jugar con tu barco mientras se dan la vuelta y te miran? O esos ratos sentado en el peldaño del balcón de proa navegando a vela mientras la ola con que el barco corta la mar te salpica los pies y sientes la vela de proa tensa, tirando del barco. Es el mejor sitio durante la travesía.

Pero creo que de todas las sensaciones que hacen que la mar sea tan apasionante la mayor es la navegación nocturna. Cerca de la costa ves los pueblos y las ciudades iluminados, o las costas oscurecidas donde no hay poblaciones y vas reconociendo los lugares que atraviesas por sus siluetas y las luces de los faros: uno, dos, tres haces, veinte segundos y se repite la secuencia. Al otro lado una línea más oscura marca el horizonte por el que pasan las luces de otros barcos con los que te cruzas.

Y más lejos de la costa, cuando sus luces ya no te estorban, puedes distinguir otras más tenues. Las de las estrellas, como se veían en la montaña cuando era niño y no existía el resplandor que hoy nos deslumbra, y las del plancton, que brilla excitado con una brevísima luz verde cuando la ola golpea el casco y lo agita. Es magia.

Pero hay otras caras de la mar, otras formas de verla. Por debajo de la superficie hay otro mundo que visitar y admirar. Pero mejor lo dejamos para otro día.